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LAS GORDITAS TENEMOS QUE CARGAR CON UN A CRUZ?

sé que estoy gorda, pero no me pesan los kilos. Estos kilos de más que yo tengo, y sé que tengo, que no me has descubierto nada nuevo, no son una carga para mí.


No vengo a contarles nada nuevo. De hecho, ya hemos hablando mil veces en Gorditas Atrevidas de las señoras (generalizo porque en su mayoría este tipo de comentarios te las hacen las señoras, así como queriendo ayudarte a sobrellevar la pesada carga de ser mujer) que no te conocen de nada pero se permiten darte un consejo.
Hacía mucho tiempo que a mí no me pasaba algo parecido, pero desde que estoy con las muletas paso mucho tiempo sentada en la calle (bajo a una terracita a que me dé el solecirto, voy de paseo al parque y me termino sentando en un banco porque me canso…), a veces sola, y al parecer debo de tener un cartel invisible en la frente que yo no veo pero el resto de la humanidad sí puede ver que dice “POR FAVOR HABLE CONMIGO”. Total, que se me acerca todo tipo de gente, sobre todo personas que también han tenido lesiones y me cuentan su puta vida.

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El otro día fui yo la que me senté junto a una señora solitaria. Todos los bancos estaban ocupados y no me pareció tan descabellado sentarme en el otro extremo del banco que ocupaba esta señora de la Cruz. (Pongo Cruz en mayúscula porque así es más solemne). En cuanto mis posaderas entraron en contacto con la madera (del banco, no de la Cruz), la señora comenzó a hablarme como si me conociera de toda la vida. De hecho, es que creía incluso conocer mi lesión, dando por sentado que me había roto la pierna. Más que nada, porque, al parecer, ella se la había roto hace tiempo.










Me contó su vida, por supuesto, no iba ella a ser menos, pero esta vez el relato tenía moraleja final. Hablamos durante unos quince minutos y cuando yo iba a despedirme para seguir con mi paseíto,  la señora de la Cruz me dijo que me deseaba muy buena recuperación. Le di las gracias e intenté irme… ¡Pero no me dejó escapar! (Como con muletas voy tan lenta, la gente se aprovecha de mí). La guinda a este pastel se la puso al soltarme con cierta pesadumbre que “todos tenemos nuestra cruz”. Al parecer yo le había recordado mucho a ella: simpática, lista, buena chica, guapica… y gorda. Porque nadie es perfecto, y como yo (y ella, por comparación) tengo un montón de cualidades positivas… alguna negativa me había tenido que tocar: los kilos de más.
No tardé ni dos segundos en reaccionar: ¡señora, yo no veo mis kilos como una cruz! La dejé un poquito descolocada, así que seguí hablando: sé que estoy gorda, pero no me pesan los kilos. Estos kilos de más que yo tengo, y sé que tengo, que no me has descubierto nada nuevo, no son una carga para mí. He aprendido a vivir con ellos y mi vida está completa, no siento que me falte de nada, y si me falta, no es por culpa de los kilos.
Elemental, querido Watson: la mayoría de la gente percibe los kilos de más como un defecto, y mucha gente siente pena por nosotras, las gordas, porque creen con todas sus fuerzas que vamos por ahí con una cruz a cuestas de cabeza hacia una inevitable crucifixión. Desde mi punto de vista, y quizás sea yo la equivocada, si todos tenemos nuestra cruz, la cruz con la que cargáis vosotros se llama gordofobia, y la tenéis tan incorporada a vuestras vidas que ni siquiera os permite ser felices y estar a gusto con vosotros mismos.












¿Quién está haciendo un esfuerzo extra en la vida? ¿Aquella persona que se acepta a sí misma y sigue adelante con su vida o la que no puede dejar de luchar contra sí misma convencida de que su cuerpo es defectuoso? ¿Quién va a llegar más exhausta a la inevitable crucifixión que nos espera a todos al final del camino?

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